26 de abril de 2010

Hombres y mujeres en la conducción del “proceso de cambio”

Lógicas y prácticas del poder
Hombres y mujeres en la conducción del “proceso de cambio”
Jenny Ybarnegaray Ortiz
La Paz, marzo de 2010


En este “proceso de cambio”, hay cosas que cambian, cómo no. Cambian los símbolos, los íconos, los rostros, los colores, los vestidos y los sentidos. Con ellos, cambian los destinos, algunos de los que estaban abajo ahora están arriba y viceversa. Todo eso está muy bien, ya era hora de que Bolivia se mirara la cara al espejo y dejara de vivir el espejismo de modernidad con el que tanto tiempo estuvo soñando.
Pero, entre las cosas que no cambian y que demorarán mucho en cambiar están las lógicas del poder. No cambia la comprensión que tienen los líderes del “proceso de cambio” sobre la relación de poder entre hombres y mujeres. Algunos se esfuerzan pero no lo consiguen, sus afanes no traspasan la epidermis del “problema”, no logran superar sus propias limitaciones, no logran deshilvanar sus propias veleidades que se expresan en contrasentidos incomprensibles. Podríamos anotar un rosario de anécdotas en demostración de esa afirmación, pero como el espacio es breve no voy a redundar en comentarlas. Señalaré simplemente que en unos casos los discursos no coinciden con los actos y en otros, viceversa.
Tampoco cambian las prácticas del poder. Los dirigentes del proceso, empeñados en hacer la diferencia “desde la cosmovisión indígena” señalan que están ahí para servir a la sociedad, no para servirse del puesto y hay quienes se mantienen leales a ese principio. Si ésta fuera una práctica generalizada contribuiría efectivamente a modificar la lógica del poder. Lamentablemente, la mayoría demora poco tiempo en dar la vuelta la ecuación. Habría que hacer una encuesta para saber cuánto tiempo demora un “señor autoridad” para cambiar de traje y de mujer, para aprender a saborear el placer de denigrar al ujier y acosar a la secretaria.
Pero ya sabemos que “así son ellos” ¿Qué hay de ellas? De ellas se espera que hagan la diferencia, porque para hacer lo mismo ellos se bastan a sí mismos. Y hay de las que sí la hacen, como también de las que terminan involucradas en el mismo juego, de las que utilizan esos cargos para repartir privilegios entre sus íntimos círculos familiares, sus ahijados y sus primas, y eso provoca una enorme desazón. Muchas de esas mujeres ni siquiera se percatan de que sus eventuales privilegios no son sólo resultado de sus particulares méritos personales, sino de la tesonera e incansable lucha del movimiento mundial de mujeres que cuestiona el poder patriarcal. Ese movimiento lucha por abrir espacios en los ámbitos de decisión y es así como algunas mujeres vienen ascendiendo para sentar presencia allá donde antes sólo cabían ellos.
Pero ese no es el fin, es apenas un medio. El mayor desafío que tienen las mujeres al ocupar esos cargos es construir una agenda pública orientada a modificar las relaciones de poder. Lamentablemente, pocas lo hacen, la tendencia general es ocupar el puesto para cumplir los encargos de los máximos dirigentes so pena de perderlo y no sólo para ellas sino para las otras, porque cuando una mujer “no responde” a las expectativas de quienes le “cedieron” el lugar, queda sentado que “ellas no son capaces”, queda probado que “es un hombre el que se lo merece”. Quizás por eso prefieran ser obedientes, quizás por eso no quepan en esos lugares “mujeres contestonas”.
La pregunta es ¿será posible transformar la lógica del poder? Tal vez la única alternativa sea destruir el propio poder. Mientras tanto, al menos coloquémonos en posición de “insubordinación constante”, al menos cuestionemos las lógicas y las prácticas del poder. De lo contrario, en el “proceso de cambio” sólo veremos cambiar la escenografía del teatro del poder.

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