2 de mayo de 2013

Bagdag y el Dia del Libro

Un 20 de marzo de 2003, hace 10 años con exactitud, el gobierno norteamericano incluye a Irak en el “Eje del Mal”, luego de sus intentos erráticos de intentar justificar su invasión bajo la acusación de tener armas de destrucción masiva que nunca encontró, inicia las gestiones para una guerra.
16 de marzo de 2003, Bush, Tony Blair, José María Aznar y José Manual Durao declaran la guerra a Irak, su pecado, poseer grandes recursos petrolíferos, razón suficiente para las potencias acostumbradas a someter y controlar la economía mundial.
Es en ese contexto que intelectuales, directores de museos, coleccionistas preocupados por lo que se venía visitaron el Pentágono y explicaron el significado del Museo, Biblioteca y otros; detallaron la existencia de tablillas de arcilla de caracteres cuneiformes entre los que se encontraba el Código de Habnurabí, quizás el primer sistema de leyes del mundo y textos que fueron los ejemplos más antiguos de escritura (poemas) épicos, tratados matemáticos y recuentos históricos, la historia del génesis de la humanidad un relato de la creación que la Biblia consigna como el principio de la vida en la tierra, pero vanos fueron los intentos, al parecer las personalidades oyentes sólo llegaron a leer la guía telefónica, para viajar de vacaciones a las playas de Cancún.
La política de destrucción cultural pudo más, el objetivo de EE.UU. de imponerle a Irak cierto tipo de dominio colonial y apoderarse de sus vastos recursos petrolíferos pudo más y nuestra herencia, nuestras raíces culturales tuvieron un trágico final, la destrucción de los registros históricos de data del siglo XIII que no pudieron contra la tecnología de misiles del siglo XXI.
Es así que el 9 de abril de 2003, las tropas estadounidenses cruzan el Tigris, llegan al corazón de Bagdad y empieza la destrucción de los custodios de nuestros sueños, libros que contenían la base cultural más grande del mundo. El incendio alrededor de la Biblioteca Nacional, la que contenía decenas de miles de antiguos manuscritos, libros y periódicos desde el Imperio Otomano hasta el presente, las salas de lectura de la Biblioteca y los estantes terminaron irremediablemente reducidos a ruinas humeantes.
Ahí yace como un mero recuerdo Bagdad, Bag “dios” y dad “donado” que significaría donado por Dios o también como regalo de Dios. Ciudad de geografía circunferencial, con cuatro puertas de hierro pesado que para moverlas se requerían muchos hombres, conocida como “Ronda ciudad”. Una ciudad del siglo IX que se convirtió en la meca cultural, artística y comercial y que por su río Tigris transitaban comerciantes trayendo todo tipo productos entre las que se hallaban alfombras. Una monumental arquitectura con Mezquitas y el hábitat de bellas princesas árabes, donde nacieron historias de amores felices y amores desgraciados, de mujeres dulces y mujeres fatales, de hábiles comerciantes y audaces viajeros, de incautos y de sinvergüenzas, de guerreros y poetas, donde además se lograron conjunciones, varios géneros literarios como: la fábula, el madrigal, parábolas, discursos, diálogos, etc.
De una Bagdad que nos obsequió generosamente Las Mil y Una noche, colección de historias de origen oriental que incluye cuentos de hadas, anécdotas, fábulas y poemas recogidos de la tradición oral con sus tres más grandes cuentos: Aladino y la Lámpara Maravillosa, Alí Babá y los cuarenta ladrones y los Viajes de Simbad el Marino, todo en un contexto de la historia de Schahriar y Scherezada. Nacidos sin duda a las orillas de la Mesopotamia.
Hoy en día todas las novelas que apreciamos tienen como base la trama que surgió de Bagdad, la muchacha pobre que se enamora del rico, donde aparecen una serie de personajes y eventos que facilitarán u obstruirán su felicidad.
En el día internacional del Libro, pensé compartir esta cronología de la guerra con mis dos hijas, quienes azoradas e incrédulas no dudaron en sentir impotencia y tristeza, pero los libros y la imaginación son mágicos e hicimos el ejercicio de remontarnos al 20 de marzo del año 2003, específicamente a las 5.35 hora local, el comienzo de la guerra, cuando las tropas norteamericanas ingresaban a Bagdad con todo su arsenal y recreamos otro final:
20 de marzo de 2003, hrs. 5:35 hora local, las tropas norteamericanas ingresan con miles de hombres armados, centenar de tanques y todos bien equipados, al tratar de destruir el Museo y la Biblioteca ven aparecer caminado alrededor a Mafalda con su amiguita Libertad, las dos portando un cartel tan grande pero contundente con la siguiente consigna: Abajo yanquis, no tocarás mis libros.
Mi hija mayor apasionada de la mitología griega replica, mamá no pueden faltar los Dioses del Olimpo, seguro estaría Zeus mandando sus truenos a los aviones americanos, mi hija menor sin quedarse atrás interviene, mamá te aseguro que los siete enanos de Blanca Nieves dejarían sus herramientas para tomar las armas y enfrentarse a esas tropas. De pronto consensuamos que no podía faltar don Quijote que estaría encabezando la defensa con su yelmo y su lanza montado en su Rocinante y gritando: ¡¡¡A la lucha mis valientes!!! Dulcinea estaría muy orgullosa por la causa que defendía su amado y su infaltable Sancho compañero de sus aventuras sería el responsable de la logística.
Pero la Biblioteca requería refuerzos y ahí aparecería toda la familia Buendía de García Márquez, tomados de las manos, haciendo un cordón más que humano, protegiendo los libros y veríamos a Aladino, distribuyendo alfombras para hacerle frente a los enemigos.
Alí Babá y los cuarenta ladrones vaciarían sus cuevas llenas de tesoros para trasladar y proteger los libros de la Biblioteca.
Pero aquellos soldados americanos decididamente no podrían con la intrepidez y la inteligencia de Mulán, la táctica de Mushu y los informes del grillo que junto a don Quijote desarmarían en un santiamén tanques y fusiles.
En tanto se iniciase un enfrentamiento afuera, la Biblioteca en su interior contaría con la presencia de Harry Potter y sus amigos, realizando un conjuro que hiciera invisible los libros ante los ojos del destructor.
De pronto, cuando algunos soldados, pese a la aguerrida defensa, lograrían llegar a la Biblioteca y pretendieran quemar nuestros libros, de la nada saldría el León de Narnia y se los devoraría y en el río Tigris bastaría con la Sirenita que con su melodiosa vos adormecería y anularía a los americanos. Ahhh!!! Pero el punto final lo pondría el genio de la lámpara maravillosa que juntaría los tres deseos en uno solo, conservar la Bag-dad cultural.
Dicen que en una guerra sólo existen perdedores, esta guerra sería distinta, habría ganadores y seríamos nosotros, nuestros sueños y los portadores de ellos, nuestros libros.
Un homenaje al libro que más queremos.
*Raquel Lara

26 de marzo de 2013

Nueva distribución de la renta petrolera, una necesidad urgente!!

Por Omar Quiroga Antelo
Consultor Independiente

Después del paro del departamento de Tarija por un reclamo de regalías del campo Margarita, y luego de un debate intenso y sin muchas aclaraciones, queda el sabor amargo de conocer datos que lo menos que causan es bronca y desespero.
Resulta que Tarija en la actualidad tiene un presupuesto que maneja la Gobernación Departamental de 3.300 millones de bolivianos equivalentes a 474 millones de dólares año, de los cuales 283 millones de dólares provienen de los hidrocarburos, mientras que otros departamentos también productores como Santa Cruz y Chuquisaca, reciben mucho menos recursos que Tarija.
Después también se generó una discusión en cuanto a la conectividad de los campos Huacaya y Margarita y el porcentaje que le correspondería a cada uno de los dos departamentos involucrados en el conflicto por el acceso a las regalías, que derivó en un paro indefinido que duró 8 días. Tarija dice que no hay conectividad de los reservorios y por tanto las regalías del campo Margarita le corresponden en un 100%, mientras que Chuquisaca alega que sí hay conectividad y que un estudio de hace 3 años elaborado por REPSOL, determina que el 83% del reservorio estaría en Tarija y el 17% en Chuquisaca y en consecuencia, las regalías deberían distribuirse en dichos porcentajes.
Con la finalidad de resolver de manera contundente este tipo de problemas que en el futuro podrían multiplicarse, debido a que hay otros casos similares como por ejemplo el bloque Incahuasi y Aquío entre Chuquisaca y Santa Cruz y con el objetivo de lograr una justa distribución de los recursos generados por la renta petrolera, es que como ciudadano boliviano me he permitido elaborar una nueva propuesta de distribución de dichos recursos.
La propuesta consiste en considerar en primer lugar un porcentaje de distribución per cápita que debe ser manejada por los municipios, otro porcentaje para los departamentos productores, otro porcentaje para los departamentos no productores, además de un porcentaje para sectores vulnerables como ser indígenas originarios campesinos, personas con capacidades diferentes, personas de la tercera edad y también para las universidades públicas. Importante considerar un fondo de compensación para zonas fronterizas, otro fondo para premiar a municipios que hayan mejorado sus índices de desarrollo humano en base a una evaluación previa realizada por el gobierno. Finalmente se debe considerar un fondo para apoyo social, becas para estudiantes en sectores estratégicos de la economía nacional y para cumplir los compromisos de los actuales bonos (renta dignidad, Juana Azurduy y Juancito Pinto).

Si consideramos un estimado para el año 2012 de 4.750 millones de dólares de ingresos brutos de la actividad hidrocaburífera, el 20% (950 millones de dólares) corresponden a costos recuperables, 10% (475 millones de dólares) a las utilidades de la empresas petroleras que operan en el sector, 20% (950 millones de dólares) corresponden a recursos para YPFB destinadas a reinversión, el 18% (855 millones de dólares) a las Regalías y un 32% (1.520 millones de dólares) al Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH). Es decir, si consideramos solamente los ingresos por Regalías e IDH, tenemos un monto de 2.375 millones de dólares que ingresan al Tesoro General del Estado que deben ser distribuidos entre las diferentes instancias estatales de gobierno y sectores sociales.
De los 2.375 millones de dólares a distribuir, se propone que el 35% (831 millones de dólares) se distribuya per cápita a cada municipio, el 16% (380 millones de dólares) en parte iguales a los 4 departamentos productores de hidrocarburos (Santa Cruz, Chuquisaca, Tarija y Cochabamba), el 5% (119 millones de dólares) a los 5 departamentos restantes no productores, un 10% (238 millones de dólares) destinado a sectores vulnerables y universidades, es decir, este 10% se distribuiría de la siguiente manera: 4% para el fondo de desarrollo para indígenas originarios campesinos, 3% para universidades públicas, 1,5% para personas con capacidades diferentes y 1,5% para personas e la tercera edad a canalizarse a través de sus organizaciones. También se prevé un 10% (238 millones de dólares) para un fondo de compensación a municipios que se encuentran en frontera, otro 10%  para otro fondo concursable para municipios que demuestren mejoras en sus índices de desarrollo humano, previo a una evaluación realizada por el gobierno nacional. Para acceder a recursos tanto del fondo de compensación a municipios de frontera como el fondo concursable, sería interesante considerar como indicador la promoción de la pequeña y mediana industria y evaluar la incidencia en la dinamización de la economía local de los municipios que se beneficien.

Finalmente, el 14% restante (333 millones de dólares) destinado a programas del gobierno nacional, es decir, 7% para apoyo social, 2% para becas a estudiantes en sectores estratégicos de la economía nacional y 5% para los bonos actuales (renta dignidad, Juana Azurduy y Juancito Pinto). El detalle de la nueva distribución de los ingresos de la renta petrolera que se propone sería:

Montos en $us
Porcentaje
Municipios
831.250.000
35
Departamentos
498.750.000
21
Sectoriales
237.500.000
10
Fondos
475.000.000
20
Prog. gubernamentales
332.500.000
14
Total
2.375.000.000
100

Con esta distribución, la mayoría de los departamentos incrementarían sus ingresos económicos significativamente, a excepción de Tarija que disminuiría sus recursos. Sin embargo, Tarija podría incrementar sus ingresos a través del fondo de compensación para fronteras. Los nuevos ingresos proyectados por departamento y los efectos con relación a los ingresos actuales son los siguientes:
Departamento
Propuesta
Ingreso actual[1]
Diferencia
Chuquisaca
146.868.240
30.392.689
116.475.551
La Paz
250.171.448
10.792.689
239.378.759
Cochabamba
243.446.318
42.592.689
200.853.629
Oruro
59.692.218
10.792.689
48.899.529
Potosí
86.607.543
10.792.689
75.814.854
Tarija
136.644.719
298.463.053
-161.818.334
Santa Cruz
317.101.500
95.092.689
222.008.810
Beni
59.247.339
36.192.689
23.054.650
Pando
30.220.674
23.492.689
6.727.985
Total
1.330.000.000
558.604.568
771.395.432

Fuente: Documento de la Fundación Jubileo, 2010 e Informe de Gestión 2011 de YPFB.


[1]Los datos fueron sistematizados del informe brindado por YPFB sobre los ingresos por regalías de los departamentos en la gestión 2011 y datos de un estudio realizado por la Fundación Jubileo en el 2010 titulado ¿En qué gastarán el dinero las gobernaciones el 2011?.

Con esta nueva propuesta de distribución de la renta petrolera, todos los bolivianos y bolivianas ganamos, se tendría una distribución más equitativa y justa y se cumpliría con el precepto constitucional del Art. 359 de la CPE que reza “I. Los hidrocarburos, cualquiera sea el estado en que se encuentren o la forma en la que se presenten, son de propiedad inalienable e imprescriptible del pueblo boliviano. El Estado, en nombre y representación del pueblo boliviano, ejerce la propiedad de toda la producción de hidrocarburos del país y es el único facultado para su comercialización. La totalidad de los ingresos percibidos por la comercialización de los hidrocarburos será propiedad del Estado.” No importaría dónde estén los reservorios de gas y petróleo y por tanto, no se generarían conflictos como el que recientemente se ha vivido en Tarija. Sin embargo, conseguir esto implica cambiar la Ley de Hidrocarburos y el Art. 368 de la CPE que establece que “Los departamentos productores de hidrocarburos percibirán una regalía del once por ciento de su producción departamental fiscalizada de hidrocarburos. De igual forma, los departamentos no productores de hidrocarburos y el Tesoro General del Estado obtendrán una participación en los porcentajes, que serán fijados mediante una ley especial”.
Santa Cruz de la Sierra, 7 de febrero de 2012.

El enigma de los dos Chávez

"El enigma de los dos Chávez", un texto que escribió Gabriel García Márquez en 1999

Bogotá, 06 de marzo (El Espectador con datos de El País).- Gabriel García Márquez escribió en 1999 el mejor retrato que se conoce del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, pocos días después de asumir el poder en el vecino país. El Espectador reproduce este texto publicado por el diario ‘El País’ de España.

El enigma de los dos Chávez

Por:  Gabriel García Márquez

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, –contó Chávez– pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente...”, le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?”, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

"Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque qué sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? . Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

* Este texto fue tomado del archivo de ‘El País’ de España.

Gabriel García Márquez*

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